Veo a mi alrededor (en el sentido más amplio de la idea) profundos cambios de vida en las personas que me rodean, cerca o lejos, físicamente hablando. Grandes viajes, pequeñas aventuras, ese atreverse a ser, a buscar la felicidad más allá de este pequeño rincón del mundo en el que estamos ahora. La vida se vive cuando uno tiene la oportunidad y el valor de perseguir sus sueños; o cuando uno se deja llevar por su corazón, lo escucha y siente las señales, dejándose llevar por el viento, más o menos, a cada momento.
Ayer estuve en la terraza de casa de mi madre, fumando un cigarrito de la hierba que cultivó hace un par de años y me maravillo de lo bien que está. Ha colocado una fuente zen y tiene la terraza, al igual que el resto de la casa, realmente preciosa. Estaba tan a gusto, que me puse a bailar, ante el atardecer, con la marihuana corriendo por mi sangre, después de varios días sin fumar, dándome máxima consciencia de mi cuerpo.
A veces, cuando fumo así, un poquito, todo cobra muchísimo significado, como si cada acción, cada alimento, cada palabra fuese realmente relevante. Me doy cuenta de la importancia de estar atento y consciente, de escuchar al cuerpo, pues nos habla todo el tiempo, prestar máxima atención. El problema es que vivimos sobre estimulados por todos lados y nuestra percepción sutil se bloquea con facilidad en estos ambientes tan urbanos. Me gustaría una etapa de mi vida en algún lugar más tranquilo, haciendo aquello que me gusta, pero si tantos estímulos, tratar de simplificar. Como siempre: el camino de lo sencillo...
Hoy escribo poco pues voy a intentar ir al último taller de Biodanza de la temporada que imparte K en Anam Cara. Ya casi es la hora...
No hay comentarios:
Publicar un comentario