La naturaleza es tan imponente...
Hoy he vuelto de Orense, he entregado mi hoja de gastos y me he venido para casa tras hacer unas compras. He cogido la vara de avellano que me regaló Mohan y he bajado al parque de As Galeras a bailar con ella.
El contacto con la madera y la planta santa, cultivada por mi madre, corriendo por mis venas, me han conectado con el movimiento, con la postura de manos. Y como si de una meditación de concentración máxima se tratara, he trabajado con la velocidad de mis giros.
He sentido el movimiento exacto que trazaba el palo por mis muñecas y me he conseguido máximas velocidades. A demás de detener por completo la mente durante algunos segundos. La hierva bajo mis pies, los árboles a mi alrededor, protegiendo la zona. El entorno ha sido el optimo para sentarme a meditar en un circulo dibujado en el suelo con la vara, en el bosquecillo del parque.
Escuchando mi mente, he encontrado el silencio... Hasta que ha llegado el sueño. Anoche no dormí bien y hoy arrastro cansancio.
Luego he ido a comprar. Y al salir del supermercado me he abrazado a un árbol. He pegado mi frente contra la corteza y he recitado mis mantras de sanación.
'Perdono aquello que creí que me atacaba', he repetido, mientras mi mente se hundía en la profundidad del árbol. He recordado entonces que es fácil dejarse absorber por la energía del árbol, así que he recuperado la presencia y he cerrado la conexión, agradeciendo.
A los pocos pasos he mirado hacia atrás y he visto al hermano árbol, majestuoso, gigantesco guardián de las tierras, amante del aire, mágico transformador de los minerales y la luz, en oxígeno.
Quiero dar las gracias a nuestras hermanas y compañeras de viaje: las plantas. Que, sin pedir nada a cambio, nos dan belleza y vida. Gracias.

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