Mi corazón está contento. He pasado uno de esos fines de semana que dan sentido a la vida, tan intenso, tan bonito, tan real.
Amanecí el sábado, en Lugo, abrazando a un gran tigre de peluche, con un humano dentro. J se fue al despertar y el resto nos pusimos en marcha de vuelta a Coruña. En Betanzos me arrojé del coche en marcha, pues allí me esperaban un par de bailarines que se marcaron un breakdance al verme rodar por la carretera.
Sacudí el polvo de mis ropas y subí al coche con Carlos rumbo a casa de Mohan. Había mucho que celebrar: un cumpleaños, un santo, un cambio de vida y la noche más corta del año, o el día más largo. Os aseguro que los allí reunidos sabíamos como divertirnos. Comida ecológica, casi toda vegetariana, con toques de pescadito, entre empanadas artesanas y humus con remolacha; pan de centeno o paella de verduras. A cada nueva llegada la mesa crecía más y más en manjares deliciosos. A cada mordisco aparecían nuevas personas y más y más bonito se hacía todo.
No tardó en comenzar a sonar la guitarra, tras el digderidoo, las panderetas, tras la darbuka, las voces se sumaron y los cuerpos que comenzaban a moverse, con los pies descalzos, acariciaron la madre tierra al ritmo de la música nacida del alma viva.
En un momento dado, al entrar en la casa, E me pidió que tomara una carta de una gran baraja. Saqué la 'Curación', del Tarot de Osho. Ójala y sea cierto, que pueda frenar la destrucción, aceptarlo todo y encontrar la raiz del problema...
El fuego ardía desde primera hora, como las personas bonitas que, allí reunidas, compartían su luz y su calor. Llegaban unos, otros se iban, Cayó la noche, las llamas se alzaron altas y orgullosas engullendo todo lo viejo e innecesario que íbamos arrojando a la hoguera, para purificarnos y librarnos del lastre del pasado.
Pero el momento llegaba. Pasada la medianoche partimos, tras resolver un complicado puzzle de coches, hacia la costa, para contemplar el mar de la noche de San Juan. Las playas gallegas rebosaban música y magia, amistad y buena honda en esta fecha. En Espiñeiro ardía una Queimada, mientras los niños contemplaban el gran fuego. Sin embargo el cansancio (¡Que pesado!) nos acabó por convencer de volver a casa. Así que Carlos me llevó hasta el borde mismo de mi cama y con un besito en la frente me arropó de dulces sueños.
A la mañana siguiente el recuerdo de M vino a mi, en forma de llamada perdida. Aun tenía en la boca el regusto que nuestra conversación sobre anime y manga, del día anterior, había dejado en mi paladar. La llamé y unas horas más tarde cortaba con mi espada, sobre la rotonda en la que habíamos quedado, el aire con la danza del samurai.
Caminamos por verdes prados, llegamos al centro de energía palpitante en el que suelo meditar, en ese pedacito de paraíso llamado el Parque de Galeras. R nos acompañaba, pero fue M la que tomó mi espada y comenzó a ejecutar su danza del sable. Deliciosa.
Bajamos hasta el pequeño bosquecito y allí, entre el contact y el acroyoga, entre la espada y la piel, la intenté besar otra vez. Pero de nuevo fracasé y tuve que volver a sentir esa desagradable sensación de fracaso y de malestar que me recorre cada vez que unos labios se apartan de la trayectoria de los míos. Pero con M todo es aprender, así que lo respiré, y acepté que tal vez no volvería a besarla. Aun así, el aprendiz, como aun lo es, se enfadó y propuso irse de allí, de aquel claro de sol entre árboles reverentes.
Vino la pizza y luego la siesta. Entonces volví a ver esos pechos que hacían sonreír y brillar aun más al sol. Y a mi piel, seducida por su cercanía y sus caricias, se estremeció aun más. Y mi boca, ahora serena y tranquila preguntó: '¿Te puedo besar?'.
El mundo daba vueltas, era yo el que giraba, con el agua hasta el cuello, en esa playa, Bastiagueiro. Con un koala enrroscado a mi cuerpo, vida, sol, arena, cielo, mar y roca, todo daba vueltas, todo salvo esa sonrisa, salvo esa mirada, salvo esa boca con sabor a sal que tanto tanto tanto me gusta.
Compartimos un helado mientras yo conducía, primero a Coruña, luego a la Casa de la Alquimia. Allí bailamos de nuevo, ritmos, contact y espejo. Luego, nos lavamos los pies el uno al otro. En un momento dado, ella colocó mi pié entre sus pechos, en el plexo solar, chakra corazón y lo bendijo, luego hizo lo mismo con el otro. Realmente sentí que aquello es lo que yo necesito hacer conmigo mismo: amarme mucho.

2 comentarios:
madre mía.
hubiera querido bailar ahí.
invitadme a la vida! solo eso puedo dar!
Estás invitado a mi vida...
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