Momo en la Casa del Tiempo


—¿Y si un día mi corazón dejara de latir? —Preguntó Momo.

—¿Y si un día mi corazón dejara de latir? —Preguntó Momo.

—Entonces —replicó el maestro Hora—, el tiempo se habrá acabado para ti, mi niña. También se podría decir que eres tú quien vuelve a través del tiempo, a través de todos tus días y noches, tus meses y años. Regresas a través de tu vida hasta llegar al gran portal de plata por el que una vez entraste. Por allí vuelves a salir.

—Y, ¿qué hay del otro lado?

—Entonces has llegado al lugar de donde procede la música que, muy bajito, ya has oído alguna vez. Pero entonces tú formas parte de ella, eres un sonido dentro de ella.

Miró, inquisitivo, a Momo.

—Pero eso no podrás entenderlo todavía, ¿verdad?

—Sí —contestó Momo—, creo que sí.

Recordó su camino a través de la calle de Jamás, en la que lo había vivido todo al revés, y preguntó:

—¿Eres tú la muerte?

El maestro Hora sonrió y calló un rato antes de contestar:

—Si los hombres supiesen lo que es la muerte ya no le tendrían miedo. Y si ya no le tuvieran miedo, nadie podría robarles, nunca más, su tiempo de vida.

—No hace falta más que decírselos —propuso Momo.

—¿Tú crees? —preguntó el maestro Hora—. Yo se los digo con cada hora que les adjudico. Pero creo que no quieren escucharlo. Prefieren creer a aquellos que les dan miedo. Eso también es un enigma.

—Yo no tengo miedo —dijo Momo.

El maestro Hora asintió lentamente. Miró largo rato a Momo para preguntarle:

—¿Quieres ver de dónde procede el tiempo?

—Sí —murmuró.

—Yo te conduciré —dijo el maestro Hora—. Pero en aquel lugar hay que callar. No se puede preguntar ni decir nada. ¿Me lo prometes?

Momo asintió, muda.

El maestro Hora se agachó hacia ella, la levantó y la retuvo fuertemente en sus brazos. De repente le pareció muy grande e indefiniblemente viejo, pero no como un anciano, sino como un árbol centenario o una roca. Le cubrió los ojos con la mano y le pareció que caía sobre su cara nieve levísima y fresca.

A Momo le pareció que el maestro Hora caminaba con ella por un largo pasillo oscuro. Pero se sentía totalmente protegida y no tenía miedo. Al principio creyó oír los latidos de su propio corazón, pero después le pareció que era, más bien, el eco de los pasos del maestro Hora.

Era un largo camino, pero finalmente dejó a Momo en el suelo. Su cara estaba cerca de la de ella, la miró con fijeza y puso un dedo en sus labios. Se enderezó y dio unos pasos atrás.

La rodeaba una penumbra dorada.

Poco a poco, Momo se fue dando cuenta de que se hallaba bajo una cúpula inmensa, totalmente redonda, que le pareció tan grande como todo el firmamento. Y esa inmensa cúpula era de oro puro.

En el centro, en el punto más alto, habia una abertura circular por la que caía, vertical, una columna de luz sobre un estanque igualmente circular, cuya agua negra estaba lisa e inmóvil como un espejo oscuro.

Muy poco por encima del agua titilaba en la columna de luz algo así como una estrella luminosa. Se movía con lentitud majestuosa, y Momo vio un péndulo increíble que oscilaba sobre el espejo oscuro. Flotaba y parecía carecer de peso.

Cuando el péndulo estelar se acercaba lentamente a un extremo del estanque, salía del agua, en aquel punto, un gran capullo floral. Cuanto más se acercaba el péndulo, más se abría, hasta que por fin quedaba totalmente abierto sobre las aguas.

Era una flor de belleza tal, que Momo no la había visto nunca. Parecía componerse solamente de colores luminosos. Momo nunca había sospechado que esos colores siquiera existieran. El péndulo se detuvo un momento sobre la flor y Momo se ensimismó totalmente en su visión, olvidando todo lo demás. El aroma le parecía algo que siempre había deseado sin saber de qué se trataba.

Pero entonces, muy lentarnente, el péndulo volvió a oscilar hacia el otro lado. Y mientras, muy poco a poco, se alejaba, Momo vio, consternada, que la maravillosa flor comenzaba a marchitarse. Una hoja tras otra caía y se hundía en la negra profundidad. Momo lo sentía con tal dolor como si desapareciera para siempre de ella algo totalmente irrepetible.

Cuando el péndulo hubo llegado al centro del estanque, la extraordinaria flor había desaparecido del todo. Pero al mismo tiempo comenzaba a salir, al otro lado del estanque, del agua negra, otro capullo. Y mientras el péndulo se acercaba lentamente a él, Momo vio que el capullo que comenzaba a abrirse era mucho más hermoso todavía. La niña dio la vuelta al estanque para verlo de cerca.

Era totalmente diferente a la flor anterior. Tampoco los colores de ésta los había visto jamás Momo, pero le pareció que era todavía más rica y preciosa que la anterior. Tenía un olor completamente diferente, más maravilloso, y cuanto más la miraba Momo, más detalles extraordinarios descubría.

Pero de nuevo volvió el péndulo estelar, y toda esa maravilla se disolvió y se hundió, hoja a hoja, en las inescrutables profundidades del estanque oscuro.

Lentamente, muy lentamente, el péndulo volvió al otro lado, pero no alcanzó exactamente el lugar anterior, sino que había avanzado un corto trecho. Y allí, a un paso del punto anterior, comenzaba a emerger y abrirse nuevamente un capullo.

Esa flor era, realmente, la más hermosa, según le pareció a Momo. Era la flor de las flores, un milagro.

Momo hubiera querido llorar cuando tuvo que ver que también esa perfección comenzaba a marchitarse y a hundirse en las oscuras profundidades. Pero recordó la promesa que le había hecho al maestro Hora, y calló.

También al otro lado había avanzado un paso el péndulo, y de las negras aguas comenzaba a surgir una nueva flor.

Momo se fue dando cuenta de que cada nueva flor era totalmente diferente a la anterior y que la que estaba floreciendo le parecía cada vez la más hermosa.

Paseando todo el rato alrededor del estanque, miraba cómo nacía y se marchitaba una flor tras otra. Y le parecía que nunca se cansaría de este espectáculo.

De pronto se dio cuenta de que, además, al mismo tiempo estaba pasando otra cosa, algo que no había notado hasta entonces.

La columna de luz que irradiaba desde el centro de la cúpula no sólo era visible: Momo estaba empezando a oírla.

Al principio era como un susurro, como el que, de lejos, produce el viento en las copas de los árboles, pero después el bramido se hizo más potente, hasta que se pareció al de una catarata o al tronar de las olas del mar contra una costa rocosa.

Y Momo escuchó, cada vez con mayor claridad, que ese estruendo se componía de incontables sonidos que cada vez se ordenaban de nuevo entre sí, se transformaban y formaban cada vez nuevas armonías. Era música y, al mismo tiempo, otra cosa. Y, de pronto, Momo lo reconoció: era la música que a veces oía, muy bajito y como de muy lejos, mientras escuchaba el silencio de la noche estrellada.

Pero ahora, los sonidos se volvían más y más claros y brillantes. Momo intuyó que era esa luz sonora la que hacía nacer de las profundidades del agua negra cada una de las flores de forma cada vez diferente, única e irrepetible.

Cuanto más escuchaba, más claramente podía distinguir voces singulares. Pero no eran voces humanas, sino que sonaba como si cantaran el oro, la plata y todos los demás metales. Y entonces aparecieron como en segundo término voces de índole totalmente diferente, voces de lejanías impensables y de potencia indescriptible. Se hacían cada vez más claras, de modo que Momo iba entendiendo poco a poco las palabras, palabras de una lengua que nunca había oído y que, no obstante, entendía. Eran el sol y la luna y todos los planetas y las estrellas que revelaban sus propios nombres, los verdaderos. Y en esos nombres estaba decidido lo que hacen y cómo colaboran todos para hacer nacer y marchitarse cada una de esas flores horarias.

Y, de pronto, Momo comprendió que todas esas palabras iban dirigidas a ella. Todo el mundo, hasta las más lejanas estrellas, estaba dirigido a ella como una sola cara de tamaño impensable que la miraba y le hablaba.

Y le sobrevino algo más grande que el miedo.

En ese momento vio al maestro Hora, que le hacía señas con la mano. Se lanzó hacia él, que la tomó en sus brazos, y ocultó la cara en su pecho. De nuevo, sus manos se posaron con la lentitud de la nieve sobre sus ojos, se hizo oscuridad y silencio y se sintió protegida. Volvió a recorrer de regreso todo el largo pasillo.

Cuando volvieron a estar en la pequeña habitación entre los relojes, la tendió sobre el sofá.

—Maestro Hora —murmuró—, nunca pensé que el tiempo de todos los hombres es... —buscó la palabra adecuada, sin encontrarla— ...tan grande —dijo por fin.

—Lo que has visto y oído, Momo —respondió el maestro Hora—, no era el tiempo de todos los hombres. Sólo era tu propio tiempo. En cada hombre existe ese lugar, en el que acabas de estar. Pero sólo puede llegar a él quien se deja llevar por mí. Y no se puede ver con ojos corrientes.

—¿Dónde estuve, pues?

—En tu propio corazón —dijo el maestro Hora, y le acarició el revuelto pelo.

—Maestro Hora —volvió a murmurar Momo—, ¿Puedo traerte también a mis amigos?

—No —contestó—, no puede ser, todavía.

—¿Cuánto tiempo puedo quedarme contigo?

—Hasta que tú misma quieras volver con tus amigos.

—Pero, ¿puedo contarles lo que han dicho las estrellas?

—Puedes, pero no serás capaz.

—¿Por qué no?

—Porque todavía han de crecer en ti las palabras.

—Pero quiero hablarles de eso, a todos. Quiero poder cantarles las voces. Creo que entonces todo volvería a estar bien.

—Si de verdad lo quieres, Momo, tendrás que saber esperar.

—No me importa esperar.

—Esperar, mi niña, como una semilla que duerme toda una vuelta solar en la tierra antes de poder germinar. Tanto tardarán las palabras en crecer en ti. ¿Quieres eso?

—Sí —murmuró Momo.

—Pues duerme —dijo el maestro Hora, pasándole la mano por los ojos—, duerme.

Y Momo tomó aliento, profundamente feliz, y se durmió.

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