Tomo la decisión: destruir el universo. Sí, pero con estilo, con clase. Sin agobios, sin presiones, haciendo bien la cosas, despacito, con amor, como querría el Epiritu Santo. Lo mejor será que me ponga a escribir sin pensar en kien lo pueda leer, porque si no no voy a ninguna parte.
Me lanzo al vacío, lanzado estoy, en el aire, pero esta vez, todo parece distinto, misteriosamente más claro. Y analizo: no destruyo mi vida social mientras me lanzo, ni encuentro que pueda hacer daño a nadie. Por eso me gusta este camino, porque como mínimo me está haciendo más seguro, más trankilo, más objetivo, más feliz.
Es el camino de volverme contra mi propia mente, contra esa creadora de toda esta ilusión llamada universo-realidad. Esa absurda realidad que tantas veces he sentido como falsa e insustancial. Por la que tantas veces he gritado anelando el verdadero universo que, en lo más profundo de mi ser, palpita y me llama con fuerza. Dios, volverme contra mi propia pente y caminar hacia Dios. Hacia el Dios de lo eterno, lo infinito y del absolto amor. Sin dudas, sin miedos...
Dios es amor puro, él no creo este mundo, aunque todo nazca de él. El absurdo dualismo ficticio es la trampa. Es todo un reflejo, una sombra, nosotros lo perpetuamos con nuestra voluntad, con nuestra actitud. Pero la esencia de nuestro espíritu se pasa la vida instándnos a volver a la fuente, al origen, a destruir este teatro de sombras y renacer en el universo verdadero, en la fuente, en el amor.
Perder la identidad es la parte más extraña, extrema y dificil. Requiere de fé absoluta, o de la claridad de ideas que nos muestre que realmente no existimos, no hay nada que perder. Somos tan reales y duraderos como las sombras proyectadas por una vela, mientras dura esta, en comparación con la vida de una estrella.
Somos impulsos divinos lanzados hacia lo desconocido, alejándonos paulatinamente de la fuente, cada vez más inmersos en la profundidad de lo desconocido, cada vez más alejados de su luz. En busca de otro El, en busca de otra unidad universal. Salimos disparados del 1, en dirección al 0, pensando que encontraremos un 2 o algo así. Pero no hay nada, cuando llegas al cero, entonces es el fin del principio, porque el cero no es un uno, sólo es el cero. El retorno al 1 es duro, lleva milenios de perfección espiritual, pero como el tiempo tambien es una ilusión, esos milenios pueden suceder en una chispa de instante.
Ahora veo mi vida como una búsqueda de ese instante, como un camino hacia Dios, hacia mi mismo, hacia lo único que tiene sentido en el universo, hacia la única verdadera realidad.
Sin embargo la vida, sigue estándo ahí fuera. Y no kiero odiarla por irreal y falsa, porque ese no es el camino. He de aprender en este juego, en este teatro, las lecciones del espíritu, antes de estar listo para emprender el viaje de regreso a Dios. Y si puedo animar a algunos a iniciar ese mismo camino antes de lanzarme yo mismo, pues tanto mejor. Si no, a fin de cuentas cada uno es responsable de la destrucción de su propio universo, yo no puedo hacer nada más que comentar un poco mi propio camino y mis experiencias...
Aun camino entre personas, río con ellas, me emborracho y trabajo 8 horas al día. Acepto la ilusión como parte del juego de mi formación. Todo comenzó hace poco, es pronto, sigo apegado a tantas cosas... pero no importa, poco a poco me iré liberando de todo lo que me une a esta fantasía y encontraré, gracias a la ayuda del espíritu santo y de J, el camino de vuelta a Dios.
"En toda jungla hay una vía", Morodo.
¿Un libro?, "La desaparición del universo".
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